jueves, 29 de julio de 2021
Leyenda sufie
Una mañana de invierno, un hombre que salía a pasear cada día por la playa se sorprendió al ver miles de estrellas de mar sobre la arena, prácticamente estaba cubierta toda la orilla.
Se entristeció al observar el gran desastre, pues sabía que aquéllas estrellas apenas podían vivir unos minutos fuera del agua.
Resignado, comenzó a caminar con cuidado de no pisarlas, pensando en lo fugaz que es la vida, en lo rápido que puede acabar todo.
A los pocos minutos, distinguió a lo lejos una pequeña figura que se movía velozmente entre la arena y el agua.
En un principio pensó que podría tratarse de algún pequeño animal, pero al aproximarse descubrió que, en realidad, era una niña que no paraba de correr de un lado para otro: de la orilla a la arena, de la arena a la orilla.
El hombre decidió acercarse un poco más para investigar qué estaba ocurriendo.
- Hola. - Saludó.
- Hola. - Le respondió la niña.
- Qué haces corriendo de aquí para allá? - Le preguntó con curiosidad.
La niña se detuvo durante unos instantes, cogió aire y le miró a los ojos.
- No lo ves? - Contestó sorprendida. - Estoy devolviendo las estrellas al mar para que no se mueran.
El hombre asintió con lástima
- Sí, ya lo veo, pero, no te das cuenta que hay miles de estrellas en la arena? Por muy rápido que vayas no podrás salvarlas a todas
.. Tu esfuerzo no tiene sentido.
La niña se agachó, cogió una estrella que estaba a sus pies y la lanzó con fuerza al mar.
- Para está sí que ha tenido sentido.
Mary y Pablo
Mi madre terminó de contarme el cuento, me besó en la frente y apagó la luz. Yo cerré los ojos. Quietud, silencio, oscuridad... Entonces un carro de bueyes se cruzó en mi camino, intenté frenar pero, por alguna extraña razón, el coche no paró y me estrellé contra el carro. Una fulminante oscuridad me envolvió. Sensación de paz, desahogo. Dónde me hayan? Entonces una luz me iluminó y vi el rostro de una mujer morena, con los ojos claros y los labios rojos. Me dijo, unos instantes susurrante, al oído que se llamaba Mary y que pronto nos veríamos. Sonó el despertador.
Aquel día me sentí de lo más ruín y miserable. Mi jefe pretendía que vendiera una casa en condiciones que rozaban la ilegalidad y con precio desorbitado en lo concreto pero asequible para unos pobres extranjeros que trabajan en el campo y a los que nadie quiere alquilar un piso. Aquel día lo vendí. Un éxito para mi fracasada carrera como agente inmobiliario, que me sumió, por unos instantes, en una tristeza profunda, en la desesperante imagen de un pozo por el cual caes y nunca llegas al suelo. Abismo.
Bajo mis pies el ponzoñoso y duro asfalto, olor a coches y nubes negras me devolvían a la majestuosa ciudad de New York en Estados Unidos. Aquí todo es banal, tanto el amor como tu cartera. No sé por qué me acordé de mi madre, que solía contarme cuentos antes de dormir. Quizá porque ese sea el único amor que se pueda forjar y nunca ser destruido a pesar del monstruo de la superficialidad, crueldad, mediocridad como una mujer rubia, con tacones y uñas pintadas de un rojo bermellón clon de una mujer rubia, con tacones y con las uñas pintadas de un rojo bermellón. Entonces la vi. Sí, la vi a ella. Me refiero a que, por fin, vi a una mujer genuina y profunda, de voz dulce como el agua del río, con ondulaciones en su pelo y ojos azules como el inconmensurable Universo. Como un repiquetear de estrellas su tez pálida estaba surcada de pecas y un lunar al lado de la boca le aportaba cierta sensualidad de Diosa fértil como Afrodita. Firmaba libros a la puerta de una librería. Cogí uno de ellos y lo compré con la intención de tener la oportunidad de hablar con aquella mujer tan sencilla y, al mismo tiempo, con un halo de misterio como un rayo de Lun. Cuando me acerqué a que me firmara el libro no pude evitar decirle con toda la sinceridad de mi corazón:
- La he estado observando y es usted bellísima.
Dos incipientes redondelitos rojos asomaron a sus pómulos y se fueron extendiendo como una acuarela bajo la lluvia.
- Gracias. - Dijo ella.
Noté que le temblaba el pulso al firmarme el libro. Se llamaba Mary Spencer Smith. La invité a una copa y ella no se negó.
Pablo la llevó a un garito un tanto singular. Las paredes estaban revestidas de madera de cedro de color rojizo que aportaba la sensación de hayarse en una cueva rupestre. Sobre la madera había pósters en blanco y negro de iconos como Marilyn Monroe o James Dean. La luz artificial y centelleante se proyectaba en las motas de polvo provocando una lluvia de colores psicodélica. Se acercaron a la barra. Ella pidió un Jin-tonic y él un vino. A medida que iban bebiendo y charlando sobre temas de lo más variado sus cuerpos se hacían más cercanos. En Mary se disparó la oxitocina lo que la hacía sentir confiada y a gusto con él. A nuestro agente inmobiliario, Pablo, se le disparó la entrepierna. Terminaron en casa de la escritora haciendo el amor. Pablo, se sintió mágicamente enamorado, estaba seguro de que la había visto antes en algún sitio.
- Vamos! Despierta de una vez o llegaremos tarde a la boda!
- Joder! - Murmuró Pablo abriendo los párpados pesadamente e intentando despertar de un sueño tan profundo como un vaso sin fondo. Tenía el libro de Mary entre sus manos.
Su compañera de cuarto, Susy, artista underground y Licenciada en Filología Hispánica, le miraba con fastidio y cruzada de brazos al otro lado de la cama.
- Estoy enamorado, Susy.
Tú? El hombre sin escrúpulos que vende una casa trapera a unos pobres rumanos?
- Te lo digo en serio, ayer estuve con ella. Es preciosa y se dedica a escribir.
- Cómo se llama?
- Mary Spencer Smith.
Susy se echó a reír a carcajadas.
- Aún te dura la borrachera de ayer?
- Por qué? - Preguntó Pablo desconcertado.
- Ese es el nombre de una escritora del siglo XVI. Está muerta.
- Estuve con ella, lo juro, firmaba sus libros a la puerta de una librería de la Gran Avenida.
- Joder, Pablo. Tenemos una boda, no estoy como para escuchar tus estupideces. Date prisa y vístete y ya, de paso, échate un cubo de agua por la cabeza a ver si entras en razón.
- Ja,ja. No, en serio, Susy, llévame a su casa. Te la presentaré y así verás que no es un sueño.
- Y la boda? - Dijo Susy.
- Al carajo la boda!
Montaron en el coche.
- A la izquierda. Recto. Dentro de poco llegaremos. - Animaba Pablo a la apurada Susy.
De pronto, estalló una tormenta.
- Ya estamos. - Dijo Pablo.
En aquel momento un carro de bueyes se cruzó en su camino.
- Susy, frena!
- No van los frenos! - Chilló Susy histérica.
Pablo abrió la puerta del coche y se tiró a la carretera a tiempo. Susy se estrelló contra el carro.
En el mismo lugar donde se encontraba la casa de Mary había un campo de Cipreses por el que empezó a pasear Pablo sin dar crédito a una realidad que él se definió a sí mismo como alternativa. Se olvidó de Susy. Se olvidó de todo por unos momentos. Empapado por la tormenta tropezó con una tumba en cuyo epitafio rezaba el nombre de la escritora que, como Susy le dijo, databa del siglo XVI. Un alarido se le escapó de lo más hondo de sus entrañas y fulminado por un rayo cayó muerto sobre la tumba de su amada.
- Te ha gustado el cuento? - Le dijo su madre besándole en la frente.
El niño asintió con la cabeza y la madre sonrió y apagó la luz.
Quietud, oscuridad, silencio. Abismo.
lunes, 19 de julio de 2021
La cárcel se lleva por dentro
Hola a todos!!! 😃😃🤗🤗 A continuación os presento un cuento hindú que viene a enseñarnos a cerca de la Libertad. En él veremos qué qu verdadera libertad de haya en nuestro interior, que no depende de dónde estemos ( refugiados, confinados, en prisión...) Sino en cómo nos sintamos por dentro y si podemos realizar o no actividades que nos gusten. El cristianismo cree que la verdadera libertad de haya cuando el espíritu Santo entra nosotros y experimentamos gozo, alegría, caridad, bondad... Y a través de él obra Dios en nosotros. Yo suelo decir que "la cárcel se lleva por dentro" porque es imposible sentirse libre si en nuestro interior albergamos irá, rencor, odio y no hemos perdonado a los que nos han hecho daño. Este mini-café yo hindú lo explica de tal manera:
Dos hombres que estuvieron juntos en la cárcel se encuentran por la calle, se saludan y uno le pregunta al otro:
- Aún recuerdas todas las humillaciones, burlas y desprecios que tuvimos que aguantar de los carceleros? No les guardas rencor?
- No, - contestó el otro. - Yo ya lo he olvidado.
- Pues yo lo recuerdo cada día y les guardó un rencor y un odio muy grande. - Dijo el otro.
- Amigo, me temo que entonces continúas preso.
Casa de muñecas
Todo parecía transcurrir de manera normal. La mujer que me atendió por teléfono tenía una voz dulce y firme y me contó que era coleccionista de muñecas de porcelana y cuadros. La razón por la que las vendía era para poder comprar otras y así seguir con su negocio casero de compra-venta de objetos de segunda mano. La muñeca que había visto en Internet era preciosa, rubia y con los ojos azules y enormes. No sé si se trataba de la luz pero parecía emitir destellos con la mirada, como si estuviera viva y en su mano derecha sostenía un ramillete estival de flores amarillas. La quería para mi hija. No estaba precisamente boyante económicamente y me pareció un regalo muy adecuado para mi pequeña y para mi bolsillo.
A medida que iba recorriendo las avenidas, acercándome a la casa de la mujer, me pareció sentir una presencia tras de mí, como si alguien me siguiera. Me di la vuelta pero solo vi a una mujer vieja cargando con las bolsas de la compra. Tenía la nariz afilada y el cuello lleno de verrugas. Entonces se me acercó y me dijo al oído entre susurros "no se le ocurra acercarse a esa casa. La de las muñecas". Antes de preguntarle nada me fijé que las bolsas estaban llenas de muñecos, figuritas y vajillas, entre otras cosas y no de comida como yo creía.
- Cómo sabe...?
No me dió tiempo a terminar la frase. La anciana puso su dedo índice en sus labios y dobló la esquina. Apenas dos segundos después me asomé pero no había nadie.
Sentí un poco de miedo pero, para qué negarlo, me había encaprichado de aquella preciosa muñeca de porcelana. Más que ser un regalo por el cumpleaños de mi hija era un antojo. Ya tenía pensado hasta donde ponerla.
A pesar de todo, continué recorriendo el camino hasta llegar a la casa de la señora. La puerta del portal estaba abierta y antes de acercarme a su puerta en el piso bajo me pareció que alguien correteaba en la escalera, como huyendo o escondiéndose.
- Quién llama?- Dijo una voz dulce y firme.
- Soy la mujer que viene a por la muñeca.
Entonces abrió la puerta y un intenso escalofrio recorrió mi columna vertebral. Estaba temblando y ya notaba las manos sudorosas, pegajosas y un grito ahogado en mi garganta. Estaba paralizada por el miedo. La mujer que me había abierto la puerta era una anciana que sonreía con los dientes llenos de restos de carne humana y sangre. Entonces escuché gritar a una niña con unos chillidos histéricos como cuando sacrifican un animal. Pegué un empujón a la anciana y entré en el salón. Quedé conmocionada. Estaba lleno de muñecas de porcelana y cuadros de niñas. Una cría yacía medio muerta en el suelo con la cara devorada a bocados. Tenía boquita de piñón, con los labios pintados de rojo como todas las muñecas de la estancia y un pelo rubio. Los ojos eran grandes, de un azul intenso y no paraba de gritar. Estaba aterrorizada. De pronto vi la muñeca que venía a comprar, era igual a la niña aunque todas le guardaban cierto parecido. La cogí y la guardé en mi bolso. Antes de marcharme corriendo vi a la anciana sonreírme con sus dientes llenos de sangre y carne humana y decirme adiós con la mano.
"La niña mató a su hermana gemela. La favorita de la madre". Me di la vuelta y allí estaba la señora de las bolsas que ahora no llevaba ninguna. "Por favor, no denuncie. No cuente nada a nadie". "Está bien" accedí.
Cuando le entregué la muñeca a mi hija de cuatro años está se puso a gritar "Mala!, Mala!" Y la tiró al suelo con fuerza rompiéndola en mil pedazos. No sé me ocurrió decir ni una palabra. Me avergoncé de mi sangre fría, recogí los pedazos y los tiré a la basura. Quise pensar que todo lo ocurrido no había sido nada más que un mal sueño.
Lorena Caballero Ortega.
La noche
A continuación quiero compartir con vosotros una bellísima leyenda de los indios norteamericanos. En ella se puede aprender que la mejor forma de llegar a un acuerdo es negociando entre otras cosas. Deseo de todo corazón 💕💟💙 que os guste mucho.
Al principio de los tiempos para los hombres y para los animales siempre era de día. Sólo las serpientes eran dueñas de la noche. Los hombres y demás animales empezaron a quejarse de que con tanta claridad no podían conciliar el sueño y que necesitaban la noche para poder descansar. Entonces un indio de una de las tribus pensó en ir a ver a la serpiente jefa y pedirle un saco que contuviera toda la noche a cambio de un regalo. El orfebre de la tribu diseñó un cascabel y el indio se lo ofreció a cambio de la noche. A la serpiente jefa le encantó el regalo y se lo puso en la cola donde tintineaba cuando la movía. Le ofreció al indio un saquito de noche.
- Pero con esto solo tendremos para un periodo corto de tiempo. Nosotros queremos tener noche siempre. - Se quejó el indio.
- Entonces necesito un regalo mejor. Algo que nos ayude a sobrevivir como depredadores.
- Cómo qué? - Dijo el indio.
- Si tuviéramos veneno...
- En la punta de nuestras flechas hay veneno, si las chupais tendréis veneno en vuestras lenguas.
- Perfecto. - Dijo la serpiente y le regaló un saco infinito de noche.
Desde entonces las serpientes son venenosas y algunas de cascabel y nosotros disponemos de la noche para descansar.






