jueves, 9 de abril de 2015

Mujer caducada

Conocí una mujer que estaba caducada pero no de vieja sino de vivida.

Amores disfrazados

Hay algunos que se beben hasta el agua de los floreros y dejan pasar días muertos, que no de sed. Hay otros que buscan agua en cuerpos refrescantes de mujer o mares de dinero más estos sí mueren, de sed.

En algún momento, siempre.

Hace tiempo me preguntaron qué significaba para mi escribir y no supe qué decir. Ahora voy dándome cuenta aunque quizá no esté en lo cierto aún. Escribir es como un Dios que en su misericordia me castiga diciendo, a través de mis manos, lo que le viene en gana. Como un ímpetu de vientos que me azotan a altas horas de la madrugada rompiendo mis sueños justo en el punto más álgido y dándome otro que se empeña en ser el más acertado. Un primer amor que me pilló a tiempo y vamos celebrando aniversario tras aniversario. No te puedo dejar, tú a mi tampoco a pesar de que esto, a veces, me parece que es una relación tóxica.

Veo tu desnudez e invento la mía

Él gana cuatro mil euros al mes. Su hobbie es coleccionar los mejores coches, perros de raza, ropa de marca y mujeres de dudosa reputación en hoteles lujosos pues una de sus máximas es "lo barato sale caro". Yo cobro el subsidio del paro y desde el problemilla con mi jefe tengo depre. Colecciono cervezas y cigarrillos y si me apuras también escribo, y mucho. El caso es que cuando me toca ir a verle, como cada mes, entre el día veinte y treinta, al otro lado de su mesa y viendo como apunta cosas absurdas tal vez por inventadas (creo que le importa, tal vez sí, tal vez no, un carajo mi vida) no puedo más que salir y reírme ante la secretaria que me da otra nueva cita y recuerdo esa cara de sufrimiento (ojos de niño al que persigue una abispa, labios tensos, letra temblorosa en un sucumbir de manos en lo que imagina pasado tenga a quien tenga al lado. Le sudan un poco, traga saliva, parece como si se le acelerara el corazón y yo pensando que estaba enamorado)

Ya, en mi propio despacho, quiero creer que llega alguna cliente desesperada por saber si su marido anda con otra y, a pesar de que hace meses, la puerta permanece cerrada, me río abiertamente, junto a mi cerveza porque lo sé: "él tampoco llega a fin de mes".

lunes, 6 de abril de 2015

Alas inocentes




Ellos nos enseñan a timar al más inocente, más joven o mas viejo. Ellos nos enseñan a delinquir, el timo por bandera y luego hay que levantar españa, siempre la bandera, todo por la patria que es todo menos una patria y, siempre, una buena armadura disfrazada de trajes caros, las mejores marcas que disimulan celulititis y barrigas de matar pobres animales. Channel nº 5 para incautas o verdaderas… mejor callar. Estas suelen ir con tacones que no suenan al pasar como secretos que nunca dices y por eso mismo, un poquito más, te van dañando… te van dañando hasta solo suspirar y suspirar. Después dirán “no aparentas tu edad” y ellas dirán “no, solo es que soy una moneda falsa, así que, si cuela, mejor cambiame por otra”. En el Banco de España es fácil, no te preocupes. Ellos no trabajan de sol a sol, poco, como lo que dan y luego solo dormir pues ya están cubiertos de tanto que ni aprecian una palabra de amor y, aún así nunca tienen suficiente. El Metro esta sucio, no les pagan, todo lleno de basura y los únicos que se enferman son ellos. Ellos… ¿quién? Los no sinceros, hipócritas y lo peor totalmente infelices. Compran nuestras ilusiones, pensé, siempre quise pensar, que la ilusión no tenía precio. Pero, jamás, volverán a arrancar mis lágrimas, no permitiré que nos escupan de atubuses llenos de tristezas, rutinas malgastadas en un perfume que huele mal, si hace falta chillaré lo más alto que pueda y no permitiré que volvamos a caminar inciertamente, tropezando, rezando a un Dios que no sé si por anulación o por desidia cada vez trabaja menos. Besémosle y no importa, de verdad que no, que sea en los labios. Todos llevamos nuestro número, marcados como reses, corremos tras el tranvía, damos algo a quien nos parece perdido, sonreímos a ese par de dos que van a salvarse mutuamente y, a veces, todo me parece raro y sí, yo también soy rara. Pero no llevamos un cartel en la frente, al menos, eso, aún, no lo han hecho. Intuición, pero, a veces, en tu mirada, en sus miradas. Callar, disimular y asentir aunque sea un no, si es que crees que es lo acertado. Voces de monstruos en los trenes, en el camión de la basura que siento tras la ventana tres veces en la noche si no puedo dormir, en coches abundantes, tanto, mucho más que el agua que nos refresca, que nos renueva, que nos da vida mientras ellos a través de sus tubos de escape sueltan el veneno del asesino, contaminación, pero sí, todo va mejor de esa manera, y mi manera es la de la princesa siempre con sombrero, sin embargo, nunca he visto vehículos entre rejas. Intereses, ten cuidado, puedo darte un puñetazo, intereses, intercambios quizá sea mejor. Quizá aquel trueque cuando éramos libres, así no tendremos que tocar lo más sucio, lo peor que existe, tan abundante y al mismo tiempo tan escaso, mucho mejor un indigente que nunca lo será, que te arropa con su manta sin importarle quien eres si es que te sientes triste o falta de amor que te arropa con su sonrisa aunque no hable tu idioma. No nos hablaremos con palabras, sino con gestos, nos entenderemos y creo que nos amaremos y comprenderemos. La uve en la mano derecha y un beso aunque hayas hecho lo que hayas querido hacer. Luego, él, se esconde bajo cartones como un niño conversando con su amigo invisible y besos que vuelan por el mundo si es que la bondad aún sigue existiendo. Y si esa noche no hay estrellas, nos echaremos una manta por encima y mis estrellas serán tus ojos y para ti mis ojos las tuyas. Y qué bonito es un “te quiero”, sobre todo cuando se dice en silencio. El frío cala el corazón de soledad y sinsabores, de amores perdidos pero si estás a mi lado, quizá, quiero creer, que todo irá bien. Mis problemas, de todos modos, no son del todo asunto tuyo pero si quieres te confiaré algo. Se está empezando a comprar la bondad y la solidaridad. Enamorarse se está convirtiendo en una trampa, como cepos para esos, esas, a las que no les queda más remedio que hacer letargos y salir renovadas, renovados, dispuestos a seguir. Y un beso para ti. Ya no hay palomas que dejen un mensaje en tu ventana, ahora dicen que hay que erradicarlas como una enfermedad. Solo espero que no puedan con el amor, que no cueste dinero, no hay medicina para el amor ni lo necesitamos, solo espero que no lo consideren una enfermedad, que no nos lo roben, que no nos conviertan en robots, ni zombis, que haya sonrisas, risas en una preciosa noche de vestido de tirantes y lentejuelas azules. Solo espero que no nos quiten lo poquito bueno que nos queda y si no tendré que volver a Venus.

 

 
 

Tú por mi, yo por ti

 
 

Infeliz entre tanta cordura encontró una locura en forma de mujer. Desde entonces, como cada mañana, cuando nos sentamos juntos en la marquesina, le veo sonreír y yo también lo hago pues, al igual que su destino, dejé atrás mis corduras y ando loca, loca por él.

sábado, 28 de febrero de 2015

Paraderos posibles


Llegaron a aquel lugar cogidos de la mano, solo que sin entrelazar, solo rozándose en el murmullo de un viento que parecía gemir, lamentar o maldecir. Llegaron a la gran casa, inerte, llena de vidas de ultratumba… solo faltaba un campo de cipreses. A esa gran casa, la más grande de un pueblo de angostas calles y madrugadores solitarios, junto a otros, que igualmente amanecen su jornada con un vino y una mueca por sonrisa. La gran casa coronada por el gesto que ahuyenta a los vampiros. Risas de payasos sin pinta-labios y ancianas pálidas de sufrimiento, con la vejez en sus rostros como ríos de sabiduría que se resisten a desembocar en el fin de un mar, cualquiera que sea y en su pataleta ñoña aún sujetan, aprietan un rosario enjugando sus lágrimas en esa fe que hace ya siglos recuerdan les inculcaron y nunca se atrevieron a contradecir. Esa cruz maldita que amenaza en lo más alto. Sepulcral silencio para el más desesperado. ¿Se puede ser más misericordioso?

Ella nunca vio llorar un santo, ni supo de suspiros en monjas a no ser que fuera por sus dulces, manjares que jamás sentirían en las manos de un hombre. Pero ellos no anhelaban sangre, solo algún consuelo, que en su desesperación les llevó al lugar más cercano y menos venidero.

La madre, venida a menos, desde que dejó de ser la niña, en el oleaje violento de insultos azules heridos por las lanzas de luz de luna. Entrevió esas amenazas al evitarlas vislumbrando a través de la rendija de la cortina y una madurez incipiente la llenó aún más de espinas que quiso clavarle en la noche de más falsa pasión más no pudo. Esperó. Esperó hasta que ya no pudo esperar más. Así que se unió al quehacer de aquel indeseable y aquella noche de derroches flagelantes conocidos como inciertos y vomitados tantas veces en el café de otra mañana miserable escuchó los graznidos hiperbólicos de aquel monstruo que escondía sus verdaderos antojos tras una guitarra tatuada de flores psicodélicas y una peluca larga y desaliñada por melena.

El pijama de rayas que soñaba con los dulces ojos de la rubia que pacientemente le despertaba no dudó, ni por un momento, en ir tras de ella cuando esta se lo pidió con tan solo una bolsa de pequeño sustento y poco dinero en el monedero.

Se alojaron en el hostal más cercano, más barato, no sin antes celebrar la más atrevida fechoría a un demonio sin patas, a punto de pudrirse en el infierno más cruel mientras niño y madre, ángeles aún con alas buscaban su patria. Compartieron helados y sonrisas bajo una luna que no les enviaba lanzas sino designios de oro.

Un insomne y humilde camionero, de esos que saben dar la enhorabuena, les condujo camino a su pernoctante casa.

Atrás quedaron gritos, improperios, malas escenas, cosas tiradas, trapos sucios sobre la cara de ella, niño asustado abrazado a un osito de peluche sin vida que ella construyó con la mayor delicadeza y a el que él arrancó los dos botones que tenía por ojos para que en su delirio psicopático, no fuera testigo, ni chillara a oídos de los vecinos la siempre silenciada tragedia.

Marcha adelante y atrás todas las horas marchitas, que la hacían bajar la cabeza, aún siendo la flor más bella de la primavera. No pisotearás más mis pétalos puros, blancos como estrellas. Ni se te ocurra perseguir mis pasos o cinco patrullas te encadenarán en tu merecida condena.

Pero el niño no quería estar allí. Esos sacos blancos que cubrían unos diálogos ininteligibles le provocaban lágrimas, un hastío de cosas inciertas, un no con sus más profundas dos letras. Junto al agua bendita intentó ella no darse cuenta de que tantos y tantos se fijaban en su bonita falda corta y esos tacones que siempre consideró una escalera para subir al cielo, un cielo que, en realidad, no sabía si era destino, si estaba escrito antes de nacer de ese vientre que nunca llegó a conocer.

Penetró sus dedos en el agua, bañó los carrillos del niño que se retiró asustado al momento, como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. La madre vio que lloraba y al sacar un fino pañuelo del bolso él vio una botella de un líquido que sintió peligroso pero a la vez salvador.

Sonaban canciones, rezos a los desamparados, gentes arrodillándose clamando misericordia a sus sinsabores, se bendecían, se daban la mano con una sonrisa… el niño la empujó. Ambos rompieron con aquella actitud inverosímil con un golpe a la enorme puerta. El silencio ahora no era sepulcral sino ensordecedor. Se fueron corriendo. De la mano, pero no entrelazada. El niño seguía empujándola. ¿A dónde vamos? Mi misma sangre, mi misma carne. Al salir respiraron aire puro, un nuevo mundo les esperaba. Volvieron al hostal. Con pocas monedas, cariños y complicidad pudieron saborear una buena cena.

Al día siguiente, mientras ella rechazaba la luz del sol que cegaba sus ojos resacosos vio un camión aparcar cerca de su paradero.

Aquel momento nunca fue enmarcado en la iglesia pero ella supo que llegaban mejores tiempos. Tiempos en los que la tierra ya no sería árida sino llena de provisiones bajo árboles llenos de todos los frutos. Ninguno prohibido. Un paraíso donde ya jamás se llamaría Eva.