sábado, 17 de diciembre de 2011

A nadie le importa

Endúlzate
Ponte de alcohol hasta las cejas y después rómpete la crisma contra el suelo. Total, a nadie le importa. No levantes hoy las persianas. Quédate ya para siempre solo, en medio de esa penumbra húmeda y polvorienta que carcome poco a poco tus ideas y te arranca las ganas. Total, a nadie le importa. Llora. Llora hasta no sentir los ojos y cuando las lágrimas se agoten práctica una suerte de gimoteo febril que despierte a los vecinos. Total, a nadie le importa. Súbete a la torre más alta y arrójate al vacío. Déjate seducir por el enigmático aroma de la muerte. Tal vez entre sus brazos ya no temas nada y puedas vivir una muerte sin mentiras. Total, ¿a quién le importa?

Bajo los ojos de Dios

Me dejo llevar
Cuando siento
Tu oleaje
De manos
De terciopelo
En un baño
Caliente
De sal
Tu mirada
En la oscuridad
El viento
Llamando
A la puerta
Hambriento
De deseo

A la hora
De las brujas
Cuando
Todas las luces
Se apaguen
Y
Los ojos
De la noche
Ya se hallen
Encendidos
Habrá palabras
Mentirosas
Hirientes
Que taladren
Mi pobre ánimo
Vistiéndolo
Del hedor
De las escamas
Más sucias

Y me iré
A la cama
Sola
Con unas manos
Que me abrazan
Las mías
Como el monstruo
Escondido
En lo alto
De un torreón

Tal vez no debería
Estar aquí
A tu lado

Y me pierdo
En tus manos
Terciopelo tibio
Otoño de Sol
Bajo los ojos de Dios
Por fin me siento dichosa
Cuando tu mirada
Se cruza con la mía
En la oscuridad
De luces apagadas
Porque es tarde
Porque es la hora de las brujas.


Los ojos de los peces

Camino por la cuerda floja
Relativo a pececillos
Que ven vidas íntimas
A través de un cristal
Relativo
A manos que se ensucian
Cuando las deslizo
Por tu piel
Cuando intentas alcanzar
El resorte de mi placer
Me humillas al desnudarme
Y observarme
Desde el otro lado
Con un ojo de vidrio
Blanco
Que capta mis anhelos
Tan lejos
De tu mirada.

Cuando marcho
Todo un cielo abierto para mi
Un sol radiante
Que me baña
La brisa de tu cabello
Al caminar a mi lado
Pero a ti no te lo cuento
Prefiero contárselo a las estrellas
Del techo
Cuando
Antes de dormirnos
Me preguntas qué tal el día

Y el cielo se me abre
Cada mañana
Voy a parar
A un cuarto gris
Desnuda
Recuerdo
La brisa de tu pelo
Y toco la rugosidad fría
De una pared
Donde me gustaría
Golpearme la cabeza
Manchada de sangre
Mi pecho
Y tu
Lo fotografiarías

Huellas de perdedora bajo un cielo abierto

La niña sueña, su muñeca le dice

La niña está sentada
En su sillita de mimbre
En la habitación
Vacía de muebles
Vacía de caricias
Pero llena de sueños
Son los sueños de la niña
Que mira
Como su muñeca muerta
Le sonríe
En medio de la nada
Sin muebles
Sin caricias
La niña sueña
Que su perro
Ladra alegremente
Sueña que su padre
Bebe zumo de naranja
Y que su madre
Está siempre en casa.
La niña sueña
Con paredes
Pintadas de rosa
Con baldosas limpias
Con olores calurosos
La niña sueña
en la habitación vacía
De muebles
De caricias
Y su muñeca muerta
Le sonríe
Y le dice
"sueña lo que no tienes”
"Y tendrás más de lo mismo"
Pero la niña
No se cansa de soñar
Y sueña
un caballo radiante
Que la aleje
Del desorden
Y la indiferencia
Y sueña
Un abrigo de terciopelo
En el que acurrucarse
Cuando se sienta triste
Y la muñeca muerta
Le dice
“No sirve de nada soñar”
Pero la niña sueña
Sueña
Y así
Soñando
Sobre su sillita de mimbre
La niña se queda dormida.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Mejor sin ti


Ya estoy mejor

Ya no me hieren
Tus palabras tristes
Ni tus besos
De ninfa moribunda






Ya no necesito
Tu calor
En los inhóspitos
Vagones de metro

Ni que me acompañes
A clase
Como una madre siniestra
Con las uñas de plata

Estoy mejor

No requiero
De tu lánguida mirada
Ni de esa oscuridad de tus ojos
Que revela
Que no tienes corazón

Claro
Te lo arrancaron
Y lo dejaron
Al otro lado del laberinto
Donde después
Te encerraron
Para que encontraras
El nombre
Que ellos se inventaron para ti

Ya no recuerdo tu sonrisa
Aunque seguro que era muy bella.

Solo recuerdo tu prisa
Antes de lanzarte al vacío
Desde la comba
De aquella nube

Después todo fueron silencios
Angustia
Y siestas

Pero no te preocupes
Estoy mejor

Ya no necesito amanecer
Con tu rostro pegado
A mi pecho

Ni que preparemos
Tostadas en la sartén
Untadas de sufrimiento

Ya estoy mejor.
Desde que te fuiste.
Mucho mejor.

Muñeca
Si alguna vez
Sales del laberinto
No te olvides de recoger
Los pedacitos de tu corazón
Con un poco de suerte
Algún trozo
Se habrá perdido.

No siento nada, solo tu llanto

Sonríe, pequeño

Dame tu mano,
Pequeño
Te llevaré
Por el sendero
De la amargura
Con gritos
Y lágrimas desesperadas

Allá arriba
Un ángel llora por nosotros

No llevamos paraguas
Y nuestra casa
Está lejos

No te lastimaré más
¿Qué tal el colegio?

Tira ese muñeco
Sucio
Roto
Que agoniza
A la puerta
De una iglesia

Y lanza los dados
Que te diré
La edad de tu muerte

Si no sabes andar
Te llevaré en brazos
Aunque yo tampoco sé
Y me caigo a cada paso.

Hablemos al revés
Como le gusta al diablo
O pongamos voces extrañas
Como las que en las noches
Me aguijonean la mente
Con imágenes azul metálico

Y antes de dormir
Te contaré un cuento
El de la rana sabia
Que cocinaba
Los sentimientos
De sus hijos
Para hacer un caldo
de odio.

Camino a casa



Era un día de invierno desapacible. El viento azotaba las ramas de los árboles arrancando los últimos restos de su abrigo y dejándolos desnudos frente al frío afilado. Maite y su niño se hallaban en la parada del autobús, como todos los días. El niño escondía sus huesudas manos bajo las mangas de su abrigo y miraba a su madre que buscaba y rebuscaba en una bolsa de tela vieja el billete para el viaje. No sacó el bocadillo de jamón york. Ese día, a últimos de Diciembre, tendría que conformarse con un par de chucherías. La mochila pesaba sobre sus hombros y el autobús no llegaba. El frío les penetraba la piel dando mordiscos enfurecidos a sus huesos. Y el viento les abofeteaba.

Cuando montaron en el autobús, el niño, se escabulló entre la gente para tomar asiento y la madre picó un solo billete, el suyo.

-¡Eh!- Dijo un hombre que se había dado cuenta.- ¡Ese niño no ha pagado!
-Es pequeño.- Dijo Maite.- Todavía no paga.
-Pues por su estatura y por como habla no lo parece.

Maite no sabía qué decir aunque en su pensamiento un "cállate, imbécil" se escribía con letras mayúsculas.

-A dónde vamos a llegar.- Continuó el hombre.- Con estos sinvergüenzas que cuelan a sus hijos en el autobús. Y el conductor, ¿no se entera? ¡Oiga! ¡Oiga! ¡Que esta señora no ha pagado!

Pero el conductor hacía oídos sordos. Ya conocía a la mujer y a su hijo y aunque sabía perfectamente que el niño era mayor les permitía la "travesura". Ni si quiera yo sé por qué. Tal vez porque Maite le parecía una buena madre y sentía pena por ellos.

Maite empezó a sentir confusión y ofuscamiento. ¿Qué le importaba a aquel hombre lo que ella hiciera? Fue el único pensamiento que escuhó con claridad dentro de su mente.

-¡El billete es muy caro! ¡Hace frío y la casa está lejos! Creo que es un abuso para personas que no tenemos.
-Pues si es usted pobre tendrá que ir andando a casa.
-Sí, pero no es justo. Nos lo ponen muy difícil. Así los que estamos abajo seguiremos estando abajo y cada vez más.
-Así son las cosas, señora. Pero lo que no se puede ser es una delincuente.
-¿Delincuente, yo? Delincuentes ellos que roban a los que no tienen.

Maite se encontraba fuera de sí. No sabía por qué estaba diciendo aquellas cosas pero a medida que iba avanzando en la exposición de los hechos que le parecían injustos mejor se sentía.

-Pues pida usted una ayuda.
-¿Ah, sí? ¿Y dónde están? Esconden la información.
- Mire no me venga usted con cuentos. Tiene suerte de que me tenga que apear aquí y de que el conductor no se halla dado por enterado. Así de mal va el país con gente como usted.

El hombre caminó a lo largo de la acera gris. Algunas hojas que arrastró el viento le entorpecieron el paso y escuhó a un perro ladrar tan fuerte y tan cerca que tuvo miedo de que le mordiera. Llegó a su casa. En un cuarto sin ventanas y mal iluminado se hallaban sus tres hijos con las caras sucias y atuendos que les venían grandes. Las paredes, sin una sola estantería, estaban agrietadas y unos cubos recogían las goteras del techo. La mujer buscaba en los armarios algo que dar a sus hijos. Solo encontró un pequeño trozo de pan que partió en tres pedazos y que los niños se repartieron peleando por el más grande.

El hombre miró sus uñas ribeteadas de negro y le contó la anécdota a su mujer:

- Y la muy sinvergüenza no ha pagado el billete de su hijo.