jueves, 5 de enero de 2012

Noche cerrada


Era una noche tenebrosa. El fuerte viento azotaba las ramas desnudas de los árboles convirtiéndolas en brazos enloquecidos de lo que parecían brujas o espectros. La nieve caía silenciosa posándose en el suelo con el sigilo de un ratón, de un niño que se esconde, de una ratera a punto de robar unas medias. Y no había luna. El cielo negro como el agujero más profundo no mostraba a su fastuosa reina, ni tampoco estrellas. Era un cielo oscuro como un pozo del que no puedes salir, como una pesadilla. A las afueras del pueblo se hallaba la granja y el granjero, a aquellas horas, se disponía a tomar un vaso de leche caliente e irse a la cama. Pero algo le perturbaba. Era la noche, aquella noche que se deslizaba por su espalda como arañas presurosas, con patas de alambre y ojos de fuego. Hasta llegar a su nuca y picarle. Los escalofríos le estremecían, le faltaba el aire y en su lucha por recobrar la calma se le cayó el vaso de leche al suelo formando un puzzle de cristalitos que el pobre granjero se apresuró a recoger. La angustia podía respirarse en el ambiente del salón. Un salón con chimenea y estanterías llenas de libros. Y afuera la mano del viento abofeteaba todo lo que encontraba a su paso. El granjero no pudo soportarlo más. Agarró el aparato y telefoneó a su médico, el doctor Cuenca. A la media hora el doctor se hallaba en su casa. El granjero le explicó su angustia, su ansiedad y su preocupación. “Creo que esta noche no podré dormir si usted no hace algo”. Le dijo. “Hay algo que me perturba profundamente, por favor ayúdeme”. El Doctor le dijo que solo se trataba de ansiedad y un miedo patológico que respondía a una noche cerrada como de la que eran testigos, que no le diera muchas vueltas y que se tomara un comprimido de la caja que le iba a dar. El granjero pareció tranquilizarse al ver el cartón amarillo con una franja verde donde podía leerse “Somotal”. Tal vez allí se hallara el lecho donde descansar toda su inquietud. “¿Usted no se siente algo desvelado esta noche? ¿No tiene miedo?” le preguntó el granjero “Bueno,” dijo el doctor ”la verdad es que no, no. Me hallaba con mi mujer viendo una película de los Hermanos Marx hasta que usted me llamó. Dorothy es así. Al mal tiempo buena cara, ya sabe”

Cuando el doctor se marchó el granjero se tomó una de las pastillas que este le había dado. Después se sentó frente al televisor. Una película del oeste, disparos y vaqueros a caballo, también alguna bella mujer. En realidad no le interesaban aquel tipo de películas, prefería los dramas románticos donde el conflicto se halla en la consecución del amor por parte de los protagonistas. No tardó mucho en quedarse dormido.

El doctor Cuenca, en su coche, puso un poco la radio y a través de la nieve, que no dejaba de caer y pegarse en el cristal, atravesó la carretera que le llevaría de vuelta a su casa. La música era agradable, clásica. Una danza de copos de nieve, como en los sueños de un niño, se iban quedando dormidos en la superficie de su coche, danzaban con las ramas de los árboles, hacían piruetas, impulsadas por el viento e intentaban colarse en las casas quedándose sin embargo en las rejillas de las puertas. Hubo un choque, el médico se asustó enormemente y frenó en seco. Había atropellado a alguien. La danza incesante finalizó en un charco de sangre. El que divisó el doctor al bajar de su coche y ver a un hombre boca abajo tirado sobre la carretera. Enseguida llamó a una ambulancia que no tardó en acudir. En ningún momento pudo ver al hombre pues los médicos le taparon por completo poniéndole encima de una camilla y llevándoselo en la camioneta. Nadie le dijo nada, aunque preguntó. El doctor Cuenca estaba seguro de que le había matado. Al llegar a su casa no quiso hablar con su mujer. Esta le sugirió seguir viendo la película. Pero el médico le respondió que deseaba dormir y olvidar cuanto antes el percance del cual acababa ser partícipe, aunque esto último no se lo dijo. Sabía que no podría dormir, se hallaba agitado, convulso incapaz de relajarse y concentrarse en algún punto insignificante que le permitiera conciliar el sueño. Sacó del bolsillo una caja amarilla con una franja verde y tomo uno de lo comprimidos. Al poco se quedó dormido.

Un relincho demencial despertó al granjero. Eran las cinco de la mañana. El hombre se refrescó un poco la cara y bebió agua. La tele continuaba encendida, ahora emitían un concurso de letras y números, sin duda, una repetición pues su horario habitual era a las tres de la tarde. Se asomó a la ventana y se dio cuenta de que la nieve había cesado pero no la brutalidad del viento que hacía remolinos llenos de papelitos y ramas. El eclipse continuaba en una noche ciega y enloquecida. De pronto, llamaron a la puerta. El hombre, al otro lado, tocaba el timbre intermitentemente a unos intervalos cada vez menores. Por la insistencia del pito el granjero se dio cuenta de la urgencia y se dispuso a abrir lo ante posible. El granjero vio a un hombre con gabardina y sombrero, un sombrero de ala ancha con el que apenas podía verle la cara. Si acaso una boca torcida que dejaba entrever una hilera de dientes puntiagudos y amarillentos. Le dejo pasar. Aquel hombre le recordaba a alguien pero no sabía a quien. Acababa de tener un accidente con el coche y deseaba hacer una llamada para que acudiera una ambulancia. “Realmente esto es devastador para mí “ dijo el hombre “Padezco del corazón, sabe, Y cualquier susto puede ser fatal” “¿Ha sufrido usted algún infarto?” le preguntó el granjero “Mi corazón esta débil. Padezco taquicardias y arritmias y sí, hace poco tuve un infarto del que pude recuperarme, pero los médicos no descartan la posibilidad de que sufra otros en el futuro”. Después de llamar el hombre se marchó. Al poco llegó la ambulancia. El granjero pudo ver, a través de su ventana, que el accidente se había producido a pocos metros de su casa, pero no puedo ver al atropellado pues los médicos le taparon completamente meciéndole en la ambulancia y llevándoselo. Lo que sí pudo ver fue el charco de sangre que había quedado en el suelo.

Intentó descansar un poco, extrañamente se sentía tranquilo, a pesar de los sinsabores que había presenciado y sentido aquella noche que parecía la más larga de todo el invierno. Se quedó dormido.

Al día siguiente la mujer del doctor Cuenca se dispuso a preparar el desayuno. Le extrañó que su marido aún no se hubiera levantado pues era un hombre madrugador, que le encantaba el frescor de la mañana y escuchar mientras desayunaba, junto a la ventana, el piar de los primeros pájaros. Pero aquella mañana no despertó. La mujer enseguida lo supo. Estaba muerto. Enseguida se acordó del granjero, la última persona con la que había estado antes de morir. Telefoneó a su casa. En lugar del granjero contestó un policía. “No señora Cuenca el señor Fernández sufrió un accidente esta madrugada y ha fallecido”. “Mi marido también....” Más tarde le dirían que fue un ataque al corazón.

A los pocos días la mujer se interesó por una película. Quería ver algo, la noche era tibia y se acordó de su marido otra vez, no podía quitárselo de la cabeza. Cogió unas cuantas y ya se disponía a elegir la apropiada cuando una de las películas cayó al suelo. Se trataba de una película de los Hermanos Marx.

miércoles, 4 de enero de 2012

Me gusta

 Publicado en la Antología Poética "De versos encendidos" de la editorial Hipálage


Me gustan las tardes de sol en el parque cuidando de mi pequeño
Me gusta madrugar y darme una ducha antes de irme al trabajo
Me gusta pasear con mi vestido nuevo por el centro de Madrid
Y me gusta comer turrón en verano
Y tocar la pandereta cuando es Navidad
Me gusta el café de la mañana
Y un ratito de soledad
Y que te rías
Y que hagas tonterías
Y que me hagas un regalo
Me gusta ver una flor y que sepamos que es un diente de león
Y ver correr a los niños detrás de las palomas
Me gusta que demos de comer a las hormigas
Y que vengas del trabajo por las noches y me despiertes
Me gusta pensar en que ropa me voy a poner al día siguiente
Y hacerme una coleta que se mueva al caminar
Me gusta que persigamos a las mariposas a la salida del colegio
Y verte,
tan parecido a mí,
corriendo y saltando por el salón.


Ali, Ila y la perrita

Sonrie
La perrita era muy mona. Con sus largas orejas y sus tirabuzones color caoba. No le costó precisamente barata pero merecía la pena. Ahora sería, de nuevo, útil: tenía una mascota a la que cuidar.

De regreso a casa ambas pasaron mucho calor. Gotitas de sudor brillaban en el rostro de Ali mientras conducía. Se sentía algo fatigada y con dolor de cabeza pero estaba ilusionada con su perrita a la que pensaba cuidar con esmero durante su mes de vacaciones.

Era una cachorrita de diez meses, cariñosa y tranquila. Ali pudo comprobar enseguida que lo que más le gustaba era jugar a la pelota y que le acariciaran la tripita.

Ali la bañaba con sales y espumas todos los días frotándole bien las patitas, el lomo y las orejas. En una tienda vecina le compró galletas de diferentes colores: verdes, rojas y marrones. Cada color se correspondía con un sabor y eran buenas para fortalecer la dentadura. También le daba largos paseos por la ciudad. Miraban escaparates y sonreían alegres porque se sentían dichosas de estar una junto a la otra. De vez en cuando iban al río. Una pequeña braguita, a modo de biquini, cubría el trasero de la perrita y Ali no se cortaba, total, por allí, no paraba nadie. Por las noches la acostaba en su camita de mascota y no había perrita en todo el edificio que durmiera más agustito.

El mes de agosto se pasó volando pues todo fueron cariños y comodidades. La perrita adoraba a Ali y se había convertido en su amiga más fiel.

Poco a poco fue llegando el frío y con el la vuelta al trabajo de Ali. Esta compró una mantita para la perra. Ahora no había perrita en el edificio que durmiera más calentita. También le compró champús y sales nuevas y un cepillo para alisar aquellos tirabuzones de los que ya se había cansado.

Hicieron una última visita al río para que la perrita se diera sus ansiados chapuzones y bajo la sombra de un árbol se echaron la siesta.

Se acercaba septiembre y ahora Ali no tenía con quien dejar a la perrita.

Ella trabajaba mucho, a jornada completa y no paraba en casa para comer por lo que no podía estar con su mascota.

Aquella noche se lo explicó todo. La perrita soltaba gemiditos y agachaba la cabeza. La pobre se temía lo peor. Pero no, Ali no iba a darla en adopción.

En lugar de eso hizo octavillas en las que expresaba su deseo de encontrar una buena chica que cuidara de su perrita mientras ella estaba ausente. Las pegó en las marquesinas, en los portales, en los tablones de algunas tiendas de alimentación de su barrio y en los semáforos. En las octavillas, además, puso una foto de la perrita para que la chica en cuestión se fuera haciendo a la idea.

La perrita estaba intrigada ¿Quién sería la sustituta?

Los días iban pasando y nadie llamaba. Mascota y dueña estaban muy preocupadas pues la cuidadora era muy necesaria, tanto como el oxígeno para los seres humanos.

A la mañana siguiente, mientras Ali, untaba mermelada en las tostadas, sonó el teléfono.

-¿Digame?- Respondió Ali con voz esperanzada.
-¿Es ahí donde necesitan una cuidadora para una mascota?
-Sí, para mi perrita- Dijo Ali.

Al otro lado del hilo se olló un carraspeo y a continuación:

-Me gustaría ocupar ese puesto.
-¿Puede venir esta tarde a las seis para la entrevista?- Concluyó Ali un tanto nerviosa.
-Sí.- Dijo sin dudar la ruda candidata.
-Apunte la dirección.

La mañana se hizo eterna. Parecía no llegar la hora de comer. Perra y dueña comieron en silencio, mientras miraban el televisor. Decidieron echarse la siesta para a ver si así el tiempo pasaba más deprisa y pusieron el despertador justo a las seis en punto.

El despertador y el timbre de la puerta sonaron al mismo tiempo. Ali se despertó sobresaltada. “¿Dónde están mis zapatilla??” “¡Qué pelos!” “¡Mis gafas!” Y la perrita empezó a ladrar. Volvieron a llamar. “¡Ya voy!” “¡Ya voy!” “¡Guau!” “¡Guau!” Ali por fín abrió. Dejó pasar a una chica de su edad que se llamaba Ila.

Ila tenía el pelo largo y Ali corto. Ila era muy alta y Ali muy bajita. Ila era regordeta y Ali tan fina como un spaguetti. Ila tenía el pelo liso y Ali rizado. Pero ninguna pareció darse cuenta de esto. Tan solo la perrita, que miraba con desconfianza a la que iba a ocuparse de ella.

-Muy bien. El trabajo es suyo.- Dijo Ali, a pesar de que Ila apenas había abierto la boca.-Hágase a la idea de que es como cuidar de un niño. Me basta con que sea cariñosa y responsable.
-Lo soy-Dijo Ila.
-Entonces no se hable más.

Y la perrita suspiró


Los tres despertadores sonaron a la vez. Ali dio un respingo mientras tanteaba entre las sábanas para encontrar sus gafas. La perrita meneaba la cola y daba los buenos días a su dueña llenándola la cara de lametones.

Ali se duchó, desayunó y preparó su bolso.

Justo tres minutos antes de marcharse sonó el timbre. Era Ila que llegaba, tal y como habían acordado el día anterior.
-Bueno, yo me tengo que ir ya.-Dijo Ali apresurada.-En el baño están el champú y las sales, su comida en la terraza, sáquela a pasear sobre la cinco de la tarde y su camita está a los pies de mi cama. Nada más ¡qué se le de bien!- Y salió corriendo.

Ila esbozó una sonrisa de medio lao y quitó de en medio a la perrita dándole una ligera patada en el hocico. A continuación fue a la cocina y se hizo con un paquete de galletas y una bolsa de patatas fritas. La perrita la miraba presa de la curiosidad más temerosa. Pero Ila no la iba a tratar mal. Ella tan solo quería divertirse. Ver la tele y hartarse de comida basura.

 No bañó a la perrita, no la dio de comer ni la sacó a pasear. Se pasó todo el día viendo la tele y engullendo patatas fritas y galletas.

Cuando llego la noche, la perrita, hastiada y deprimida, se acostó en su camita echándose la manta por encima.

Cuando llegó Ali preguntó:
-¿Todo bien?
.Perfecto.- Dijo Ila.
-Muy bien. Entonces, hasta mañana.

La perrita ya estaba dormida.

Y así pasó toda la semana hasta que llegó el sábado y perra y dueña volvieron a estar juntas.

Ali decidió que aquel día aprovecharía para hacer la limpieza general de la casa como venía siendo costumbre en ella todos los inviernos. Así aspiradora, plumero y fregona en mano se dispuso a limpiar y ordenar su preciada casita. La perrita ya estaba despierta pero no se levantaba de la cama.

-Hoy estás perezosa.- Le dijo Ali que no se enteraba de nada la pobre.

Pero pronto se enteró. Al colocar los cosméticos se dio cuenta de que el champú y las sales de la perrita no habían disminuido en cantidad. Al retirar la comida de la perra para barrer la terraza se dio cuenta de que el saco pesaba demasiado como para que hubiera comido toda una semana y en los rincones de la casa encontró caquitas y manchas de pipí.

No se lo podía creer. Enseguida fue a ver a su perrita a la que encontró más flaca y desfallecida. Se ocupó de ella rápidamente. La dio de comer, la bañó y la sacó a pasear. La perra quería contárselo todo pero por desgracía solo podía gemir y así demostrar su sufrimiento.

Ambas decidieron que había que darle una lección a Ila. Se les ocurrió poner las galletitas de la perra en el bote de las galletas preferidas de  la descarada muchacha y desconectar el televisor y los aparatos de música. No era muy dificil adivinar a qué se había estado dedicando Ila todo ese tiempo.

Al lunes siguiente la cuidadora llegó muy contenta. A Ali le costó mostrarse amable pero supo disimular bien.

Ila, como siempre fue desagradable con la perrita despachandola con un manotazo en la cara. En seguida fue al armarito y se hizo con las galletas. Después se tumbó en el sofá y se dispuso a encender la tele.
-¡Esto no funciona!- se enfadó.
Cogió tres galletas y se las metió en la boca. Al momento las escupió asqueada.

-Pero... ¡qué es esto! ¡Qué asco! ¡Qué fastidio!¡Esto no hay quien lo aguante!- Y se marchó a todo correr sin mirara atrás.

Ali la vio salir y soltó un “urra” por lo bajo. Le había dado su merecido. Era su día libre solo que Ila no lo sabía.

Una vez en casa junto a su perrita le dijo:

-No te preocupes, cariño. La proxima vez me aseguraré mejor de a quien meto en casa.

martes, 3 de enero de 2012

La chica de la carretera

Un día más
Sin rumbo
Ni esperanza
Sales a la calle
Con ojeras
Y legañas
Buscando
Estrellas en el suelo
Corazones
Que se hayan caído
Del cielo
Y vagas
Por la cuneta
A dedo
Vas a la ciudad
Más cercana
Y en un lúgrube bar
Junto a una gasolinera
Te tomas esa cerveza
A sorbos
Al son
De una música
De carretera
Tal vez ese chico
Que te mira
la gargantilla
besando tu escote
Como una serpiente
Hambrienta
Y tu falda
De confetis
Que reza
Buscando
Un corazón
Desesperadamente
Ratera
Huérfana
Poeta
En un Motel
La reina
Atascada
En la infancia
Drama de media noche
Enferma
De ausencia
De ese amor
Que siempre se escapa
Como agua sucia

lunes, 2 de enero de 2012

Pequeño demonio

Tras la Luna te escondes. En el ocaso de tres decadas. Me siento tan vieja.
Soy la chica azul, cuando me haces tomar bloody Mary en copas con cubitos de hielo, cuando me sacas desnuda a la terraza en pleno diciembre, una Nochevieja justo cuando están dando las campanadas y me fotografías mientras me como los doce lacasitos, como una niña sin falda de cuadros tableada ni sostén y me sonries así, mientras la gélida noche deja asomar miles de ojillos curiosos a los balcones del cielo. Y qué dirán los vecinos cuando me vuelva roja y ya solo me alimente de chocolatinas y café, como a ti te gusta y me hagas escuchar canciones de Bob Dylan e ir al cine a ver una película de ciencia-ficción. Roja como las cerezas, como unos sabrosos labios adolescentes, como esa que tu quieres poseer cueste lo que cueste. Y de hecho lo haces cuando me vuelves amarillenta, vieja, desgastada con el pelo pajoso, arrugas en las comisuras y piel que se descama como un techo que hace mucho que pintaron. Entonces te pido que te vayas y no quiero albergarte más en mis entrañas pero tú haces caso omiso y sigues incitandome a comprar bombones, a ponerme tacones y salir en busca de una aventura. Los labios pintados y una sonrisa rota como la de la muñeca de porcelana que la hermana envidiosa lanzó contra el suelo. Me vuelves rosa cuando me obligas a ponerme ese vestido holgado de puntillas y dibujos psicodélicos, me trenzas el cabello y me haces viajar por el cielo y un destello de estrellas son la cola de mi vestido. Lengua con lengua, sabe amargo... el eclipse de tus ojos me hace temer mi tacto, mi olor... por si no te gusta. No te enfades.

viernes, 30 de diciembre de 2011

En las nubes permanece tu recuerdo


Mamá llegó del mercado, con el carrito a sus espaldas toda la santa cuesta que había que subir hasta llegar a nuestro portal: el nº 48 de la calle Alegría. Pero mi madre subía muy sería y con los ojos acuosos. Otra vez había estado llorando. Se puso la bata. Una bata primaveral que parecía un mantel de los que se extienden en un campillo para celebrar un pic-nic. Y del bolsillo sacó un pañuelito blanco bordado por ella misma. Con él se secó las lágrimas que ya empezaban a caer y recorrer sus mejillas ligeramente arreboladas por el calor de la chimenea recién encendida. Yo me calentaba al fuego de aquel salón acogedor, con cuadros prerrafaelistas en las paredes y cubertería de plata en las vitrinas. No sabía por qué lloraba esta vez mi madre pero debía ser muy grave pues estalló en sollozos creyendo que yo dormía en mi cuarto. Después una llamada telefónica y entre suspiros un “pero no puedo tener otro. Todavía estoy muy débil...” Mamá acababa de superar una infección de estómago que la había dejado muy debil. Llegó a estar tan grave que su cuerpo no absorbía los nutrientes necesarios por lo que adelgazó mucho y al mismo borde de la muerte estuvo. Le costaba respirar todavía y se la veía desmejorada. Lo entendí enseguida. Hablaba con el médico. Iba a tener otro bebé. La noticia recorrió mi columna vertebral como si fuera un cubito de hielo en pleno invierno, con las habitaciones enfriadas por la noche y sin un fuego que calentase las manos. Se me debió poner una mirada temerosa pues noté que arrugaba mucho la frente y las comisuras de mis labios se curvaban hacia abajo en una mueca de total desagrado. Lo que vendría después, ya me imaginaba, serían múltiples atenciones a ese pequeño y vulnerable ser que, sin duda, se convertiría en el rey de la casa. Un rey egoísta, egocéntrico y narcisista que me quitaría todo el protagonismo. Por su puesto esto no lo pensaba conscientemente. Yo solo sentía como si un pedazo de mi corazón se hubiera muerto. Cuando llegó mi padre se produjo una fuerte discusión en la cual yo intenté mediar empujando a mi padre, pues él era el que gritaba fuerte y levantaba las manos con gesto amenazante. Pero después del sofoco vi a mi madre sonreír, escondida en un rincón, mientras pasaba el paño a su figurita favorita: una niña bebiendo de una fuente.

Al día siguiente, hurgando en el bolso de mi madre, como acostumbraba a hacer sin que ella me viera, descubrí un cuaderno. Las cubiertas eran blancas y en su interior reconocí la letra de mi madre escribiendo a una tal Rosita. El texto era muy largo. Por lo menos de dos páginas y en un lateral de la hoja ponía la fecha con bolígrafo rojo. La letra de mi madre era muy bonita. La minúscula redondita y cuidada como la de mi profesora del colegio y la mayúscula elegante y afilada como una vampiresa de verdad. Al principio no lo entendí pero según iba leyendo me di cuenta de que se trataba de cartas a su futura hija. Mi madre todavía no sabía lo que iba a ser pero en su fantasía se imaginaba a la niña de la fuente y la canción que inventó para ella, en otros tiempos, cuando papá todavía la besaba con ímpetu y le hacía el amor con ternura. En esa canción la llamaba Rosita. Me sentí tremendamente enfurecida pues a mi, durante su embarazo no me había escrito cartas o, al menos, yo no las había visto. Sentí deseos de matar a esa niña. La usurpadora de mi amada, pues en mi fantasía yo estaba enamorada de mi madre y aquello no podía ser más que una traición. Fue pasando el tiempo y mamá tejía jerseys diminutos y compraba patucos y demás prendas infantiles. Incluso hablaron de comprar la cuna y algunos utensilios para el cuidado del próximo hermano. Yo, me moría de envidia.

Como siempre aquella noche me mandaron pronto a la cama. No hubo pasado ni una hora. Siempre atenta al pequeño reloj, iluminado por una vela, que parecía un diamante perdido en una cueva. Cuando mis padres empezaron a hacer el amor. Mi madre gemía simulando placer y mi padre la embestía como descargando en ella toda la agresividad contenida de un día de perros. Yo los espiaba tras la puerta de mi dormitorio. Entonces mi madre me vio y yo corrí a la cama temiendo que en su vergüenza me abofeteara la cara. Pero calló y continuó con el acto que yo sabía que para ella era un suplicio. En mi cama envidiaba a mi padre y su falo. Con el poseía a mi madre, la hacía suya y a la par a esa niña, Rosita, que iba a nacer. Yo no podía poseer a mi madre porque no tenía falo. Me habían castrado, por mala. Por desear la muerte de la hermanita y por muchos otros pecados que cometí siendo muy niña. Por otro lado temía que mi padre con su falo matara a la hermanita pues lo imaginaba fuerte como una barra de hierro y doloroso dentro del sexo de mi madre. La iba a matar. Los oía gemir, se revolcaban, se chupaban y olisqueaban como animales. Entonces me convertí en mi padre, ya me había quedado dormida, ahora tenía falo y podía poseer a mi madre. Mi pelo, dorado y lacio como un sauce, seguía siendo el mismo pero el rostro era el de mi padre. Sin embargo era yo y estaba haciendo el amor con mi madre. Por fin estábamos juntas. Llenas de un ardiente deseo, disfrutando la una con la otra, amándonos como dos enamorados donde no cabían ni hermanos ni progenitores. La embestí con mucha fuerza. Y entonces deseé la muerte de esa niña. La que estaba dentro de su vientre. El feto. Y con mi falo intenté asesinarla. Al día siguiente me levante enferma, agotada por un sueño tan abrumador. Me sentía muy mal por mi deseo y mi libidinosa fantasía. Me acerqué a la cama de mis padres. Mi madre aún se hallaba dormida con el semblante relajado lo que le aportaba cierta sensualidad espiritual. Como una virgen pecadora. Quise meterme bajo las mantas, a su lado. Que el calor de su cuerpo envolviera el mío en una evanescencia que me adormeciera. En tonces vi el charco de sangre. Creo que papá también lo sabía pero hacía como si nada. Se encontraba desayunando tranquilamente junto a la ventana de la cocina, mirando el jardín y tal vez pensando que había que cortar algo de la maleza que había crecido a un lado de la verja. Yo me levanté y me puse a jugar con mis muñecas. No sé por qué no se lo dije, tal vez porque sabía que él ya se había dado cuenta y tal vez porque con su silencio me daba a entender que no había que decir nada, Que no se podía hacer nada. Supe que la niña había muerto. Yo la había matado con mi falo la noche anterior. Yo era la culpable. Me puse a jugar con mis muñecas. Eran dos. Las dos de trapo. Una estaba embarazada y la otra le golpeaba el vientre. Cogí unas tijeras y le acuchillé la tripa a la muñeca embarazada. Solo salió espuma esponjosa como la que se utiliza para rellenar algunos cojines. Entonces mi madre  se despertó. Tuvo que marcharse a toda prisa al hospital, ella sola, mientras mi padre leía el periódico y se mesaba los bigotes, indiferente. Aún quedaba en mi la esperanza de que mi madre hubiera vuelto a enfermar y que no se tratara más que de una afección que para nada tenía que ver con su embarazo. Esperé mucho tiempo. Mucho. Esperé a que naciera esa niña. Pero la niña no nació. Un día mientras mi madre limpiaba a la niña de la fuente, en la cocina, me atreví a preguntarla por la hermanita, a lo que ella me contestó que si miraba el cielo en la claridad del día podría ver su rostro en las nubes. Yo me asome a la ventana y la vi. La nube mostraba un rostro infantil con grandes ojos y pelo con bucles de humo. Me fijé bien. Estaba profundamente triste.

Paloma muerta


Hoy no hay niños en el parque. Llueve mucho y hace frío. La soledad se mete en los zapatos y no te deja caminar. Hay una paloma herida en medio de la carretera que lucha por sobrevivir. Pero es en vano. Pronto algún coche la atropellará y en el aire ya sólo quedará un gorjeo acongojado y suplicante. Ya sólo quedarán las plumas de una paloma herida, sucia de barro y maloliente. El viento se llevará sus súplicas de paloma triste y el coche se alejará sin mirar atrás dejando a la paloma muerta. No hay niños en el parque. El viento hace que los columpios se balanceen al son de una leve lluvia como brisa de mar. Los niños están en sus casas, ya en la cama, arropados hasta el cuello, esperando el beso de las mamás y tal vez un vaso de leche. Pero ninguno de ellos verá a la paloma herida en medio de la carretera. Ni siquiera la presentirán, no oirán sus súplicas, no sentirán su frío ni su dolor, ni podrán imaginar su fatal destino. Si algún niño de los que no están esta tarde en el parque hubiera conocido a la paloma tal vez la hubieran llevado a su casa y la hubieran curado. Tal vez la habrían dado de comer y la habrían mimado. Pero desde sus casas no pueden ver a la paloma y ya es tarde para salir a la calle. Las madres acuestan a sus hijos. Pero mañana saldrá el sol y muchas otras  palomas acudirán a los parques para recibir migas de pan de los viejos. Y la soledad ya no se meterá en los zapatos para no dejarte caminar, como mucho alguna dichosa chinita. Y de la paloma muerta ya no quedará nada y nadie se acordará de ella.