jueves, 29 de diciembre de 2011

ÚLTIMA PÁGINA DE UNA MUJER VIVIDA

De niña
Fracasé como mujer-niña. Fracasé como mujer-adolescente. Fracasé como mujer-amante. Fracasé como mujer-universitaria. Fracasé como mujer-esposa. Fracasé como mujer-ama de casa. Fracasé como mujer-trabajadora. Fracasé como mujer-madre. Fracasé como mujer-musa y como mujer-errante.

Ahora, a un suspiro, he de decir... que fracasé en la vida.

Al que quiero tener y que irremediablemente se marcha.......


Llovía en mi ventana. Y mis ojillos se deslizaban por la amargura de las nubes, por la ternura de tu rostro reflejado en la Luna. La noche, esponjosa como un cabello de estrellas de mar, me clavaba su cuchilla plateada. Todo porque no estabas a mi lado. Porque no podía tener la frescura de tu piel, escribir en la página de tu diario besos y caricias. Y voy perdiendo el norte cuando me ruborizo si dices mi nombre. Si tus dedos sigilosos rozan mi pecho bajo las lágrimas blancas de esa lámpara que mi madre nos hizo comprar. La luz seguirá encendida por si ellos vuelven y se meten dentro de la cama, dentro de mi vientre, dentro de mi garganta y me convierten en la otra, esa que tú no quieres tener. Pero la noche es una viuda con vestido de lentejuelas y me ha dicho que ya solo habitas en mi recuerdo, que ahora eres un alma que arrastra sus penas, vagando, rondando a niñas apáticas y desvergonzadas. Que ya no me quieres, que nunca me quisistes.... y yo... te quise tanto.

El techo estrellado


He visto muchos techos. Me han cobijado techos azules, macilentos, con vigas, naranjas, descascarillados, húmedos, techos con mosquitos, con una modesta lamparita sin lamparita alguna, techos apasionados, sonrientes, tristes, amargos, locos, techos borrachos, apáticos, tiernos, aturdidos, melancólicos, aburridos, techos al borde de la paranoia, paranoicos por completo, angustiados, esperanzados, satisfechos, techos embarazados, escuálidos, fofos. Y cada techo ha sido una etapa. Y en las noches, cada techo ha presenciado infiernos y paraísos.

Alguna vez mi techo fue estrellado. Sin duda ese fue mi techo favorito. Techo que presenció un paraíso, una etapa sin barreras, llena de ilusiones, de cuentos. Iba de la mano de mi padre. Él fumaba y me contaba que una mujer rubia le perseguía, una mujer que podía ser una espía, alguien que vigilaba todos sus actos . A mi me pareció ver una estrella en el suelo. Una estrella que se había caído del cielo. De aquel techo estrellado que escuchaba las confesiones de un alcohólico a su hija de cinco años. Y quise coger la estrella pero no pude. Estaba pegada al suelo. Yo la quería tener. Para mí significaba un tesoro único, algo que ningún otro niño tendría jamás, como coger la luna. Un regalo de ese ángel al que rezaba por las noches, el que me dijeron era ángel de mi guarda. Pero la estrella estaba pegada al suelo. Mi padre no la vio. Y pasamos de largo. Él fumando y contándome que había una mujer rubia que le perseguía. Y yo triste por no haber podido coger la estrella. Al siguiente día volví al mismo sitio con un destornillador para despegar la estrella. Pero la estrella ya no estaba allí. Pensé que había vuelto al cielo. Pero, de pronto, vi a mi padre acercarse a mí. Estaba cambiado. No iba despeinado ni con el abrigo sucio. Se había afeitado y su gesto lejos de mostrarse atormentado aparecía luminoso y risueño. En sus manos sostenía algo, como si fuera un pajarillo. Y cuando estuvo a mi lado, abrió las manos y entonces, entonces pude ver ¡la estrella!. Pegué la estrella a mi corazón. Cuando volví a ver a mi padre le pregunté como había conseguido despegar la estrella del suelo y él me contestó “¿dé qué estrella me hablas, María?” Entonces lloré. Lloré porque ya no supe si el loco era él o la loca era yo. Lloré porque enseguida comprendí que los locos éramos los dos. Por que las fantasías con estrella no caben en un mundo materialista. Por que querrían destruirnos junto a nuestros sueños. Y entonces me arranqué la estrella del corazón y se la enseñé y le dije enfadada “de esta estrella te hablo, papá. De esta estrella.” Y él dijo “ah, de esa estrella. Claro, lo había olvidado.” Y como tenía por costumbre, me guiñó un ojo. Creo que al final la estrella se nos escapó. Porque ninguno de los dos hemos tenido suerte. Porque a él le mataron. Porque a mí me han encerrado, me han humillado y la mala suerte se ha empeñado en colgarse de mi mano, como un niño huérfano y diabólico. Y ahora mismo lo único que deseo es que alguien, al leer esto, se de cuenta de que las fantasías valen más que los objetos. Si alguien se armara de fantasías y prescindiese de los objetos... Si ese verdadero héroe existe por favor que me lo haga saber.

martes, 27 de diciembre de 2011

Duele tanto.....

Sonríe

No temas nada
Mariposa sin alas
Muerta
Debajo de una cama

Lucha hasta caer exhausta
Vas descalza
Y te clavas
Las espinas de los corazones

Así los salvas
De su amargura
Invierno triste
Oscuro
Echados en la cama
Recuerdan otros tiempos
Cuando su mujer
Preparaba café
Al rumor
De una tele
Balanceando los pies
Al calor
De un brasero

Los salvas de su soledad
En la cama
Deprimente
Licor
Sueño eterno
Si te descuidas
Dentro de esa caja blanca

Y todos dicen
Que no sirves para nada
Y todos dicen
Que estarías mejor muerta
Que no des la lata

Pero con tus pies descalzos
Masajeas sus corazones
Hasta absorber sus espinitas
Esas que un día les clavaron
Y que a ti
Te impiden seguir caminando
Porque duele
Duele tanto.

Tu ausencia me delata


Tienes mucho sueño, cariño
duerme
Aquí dentro
Burlamos al frío
Con nuestros huesos ensamblados
Como en un collar africano.
Cierra los ojos, cariño
Y descansa
Nada te perturbará
Yo guardaré tu cama
Y espantaré
A los monstruos y espíritus
Que intenten robar
Tus sueños.

Al despertar
Tu ausencia
Me devolverá la cordura
La rutina
Y golpearé ese despertador
Que a pitos intermitentes
Me recuerda
Lo irremediable
De los días


Prepararé
Ese café
Que sabe
A tierra de maceta
Tal vez crezcan flores en mi estómago
Y ya solo me alimentaré de agua y sol
La luz de tus ojos y el agua de tu boca

La enredadera de tu cuerpo
Ya queda lejos
Tragada por las luces de neón
El asfalto donde duerme aquel vagabundo
El que llora su libertad

Ausentes las calles de risas y voces
En esa calma
Tu y yo
Nos besamos
Mientras rumorea la carretera
Chismes de vecinos y puertas.

Ahora el camisón de seda
Está más lacio que nunca
Como una flor marchita
Lánguida su caída
Periódico viejo
Gastado
donde se leen las noticias
De un encuentro
Y una despedida.

Fui princesa de tela
Fui muñeca de carne y hueso
Fui ángel inquieto
Fui madre fuerte
Y mujer valiosa
Pero al despertar no fui más
Que la misma de siempre
Pelo enmarañado
Legañas en los ojos
En esos ojos
Que se rompen
Ante tanta fealdad mundana

Ciega
me visto despacio
Con mi ropa de perdedora

Tú
En la ventana
Un pájaro a punto de echar a volar
Y yo
Presa de mi locura
Enjaulada para siempre
en esta cuna de cristal.

Al mirarse
Se rompen.

El hombre que lo tuvo todo


Unos labios hinchados y violáceos. El rocío resbalando por las uvas de un campo corrompido, incendiado por una felicidad segura. El viento gime a través de las ventanas abiertas y su aliento se llena de heridas al violar lo íntimo de la estancia.
¿Quién escuchó las llaves?, ¿Quién se escondió?
La ardilla, que estalla el quitapenas contra la pared y huye para resguardarse en la madriguera. La ardilla, que en su refugio, continua llorando.
El hombre la había sorprendido bajo su gran mesa de cedro cubierta por el mantel dorado. El animalillo, entonces, no tuvo mas remedio que salir y explicar quien era. Él ya lo sabía. El portero le avisó cuando, aquel día, le vio regresar antes de lo habitual.
"La pintora sigue en su casa, señor Salas. Un poco rara la chica."
El señor Salas pensó en decirla que continuara con su retrato al día siguiente pero el imán de sus ojos anuló su deseo de soledad. Así se hicieron amigos durante un periodo pequeño. Jugaron a los libros, al ajedrez, a las ilusiones... Bailaron sobre la madriguera cuando hubo botellas y copas. Depositaron sus penas en un cenicero y las quemaron apagando allí sus colillas. Les gustaba destaparse con las manos claras de la noche y dejar las ventanas abiertas. Todo lo compartieron con la brisa, a la que endulzaron el paladar.
Hombre y ardilla llegaron a amarse. Entonces, el señor Salas se sintió completo y se volvió loco.
La ardilla le pintaba durante el día, anhelando sentir su cuerpo en la noche. Hasta que una noche no pudo llegar porque el señor Salas decidió no amanecer.

domingo, 25 de diciembre de 2011

El mal acecha en la noche

El infierno reflejado en el espejo
El niño nació con los pies deformes y una mirada sobrenatural. Sus ojos de un gris cristalino reflejaban todos los pecados del mundo. Lo primero que hizo fue arañar a su madre con una mano que parecía una zarpa monstruosa para acurrucarse después en su seno como si fuera una alimaña. La madre lloraba. Lo sabía. Su embarazo fue espantoso. Demasiado dolor y calamidades. Mientras arrastraba las bolsas de la compra con las punzadas en el pecho y la espalda y la sensación de que se le cortaba la respiración. Todas las noches aquel niño se retorcía en sus entrañas, se movía agitado y no la dejaba dormir. Los dolores de estómago eran muy intensos y siempre acababa vomitando al borde de una palangana que después su marido le ayudaba a recoger. Paños y más paños mojados para paliar unas fiebres que pasaban los 40 grados. Fueron nueve meses agotadores, turbadores, llenos de dolor y penuria que la madre a toda costa quería olvidar. Y ahora había nacido lo que tenía que nacer. Una bestia que hacía extraños gestos con las manos y soltaba un gemido ronco y desgarrador. La madre no tuvo más remedio que bendecirlo a lo que el niño respondió echando un líquido viscoso y parduzco por la boca. Manchó su cuerpo desnudo de toda la gran maldad que habitaba en un corazón del tamaño de un pellizco de sal.


Aquella noche Laura se sentía alegre. Compartiría la cena con su prometido y con su hermana. La mayor. Una mujer culta y atractiva de cabellos desordenados y mirada perturbadora. Era algo enigmática también. A veces se mostraba dulce y mansa como un cordero al que se le da de comer y otras veces era incisiva, mordaz, con sus comentarios a cerca de leyes y política. Laura los adoraba a los dos. Hacía tiempo que no veía a su hermana y guardaba de ella muy gratos recuerdos. Las casitas blancas del pueblo cuando en la azotea contaban estrellas a la luz de un farolillo. Los largos paseos por la playa cuando viajaban a Santander donde tenían un apartamento cercano a la playa. Y su perrita Lucero, la que tuvieron durante tanto tiempo y que después hubo que sacrificar. Su hermana era fina y peligrosa como la hoja de una navaja y ella lo sabía. Fantaseaba con el más allá y mantenía relaciones con altos cargos. Se movía en un círculo cerrado de gente que estaba muy por encima de ella pero que la querían y aceptaban como una más pues sus ideas iban acorde con las del  grupo. Todo esto Laura lo sabía.

La cena fue agradable. Conversaron sobre algunos temas que a Laura le superaban. Ella se pasaba la vida encerrada en su cuarto leyendo novelitas románticas y escribiendo en su diario. No prestaba mucha atención a las noticias. Tenía su propio mundo de fantasía en el que solo cabían muñecas seducidas por hombre apuestos y dulces. También estaban sus libros y sus colecciones. Desde terrones de azúcar hasta postales de todos los países. Se entretenía y miraba embriagada por la poesía de su carácter el violáceo  atardecer. Cenaron puré de zanahoria  y pescado al horno. Todo cocinado por Laura con mucho mimo, y después tomaron unas copas y se fueron a dormir.

Laura ya estaba dormida. Sigilosamente unos pies se deslizaron por el pasillo en dirección al compartimento contiguo. Lo siguiente fue una mano rozando un vientre tibio, unos senos levemente endurecidos por el tacto suave y caliente de unas manos enfebrecidas. Después la hermana tanteó un pecho empapado en gotitas de sudor para más tarde notar el bulto que la abocó al acto más desdeñable. Besos de una fuerza sobrenatural les enzarzaron en un apasionado encuentro. En su clandestinidad alcanzaron el placer de las tinieblas quemándose con el ardor de lo furtivo, la prohibición, el pecado que debía ser pagado con sacrificio y penalidades.

A la mañana siguiente la hermana de Laura se despertó radiante. Su blanca piel resplandecía como si fuera la de una niña y su mirada era un fogonazo de alegría y vitalidad. Laura, por el contrario, se levantó enferma. Le dolía mucho el estómago. Sentía mucho frío, tanto que tiritaba y se tuvo que acostar en el sofá echándose varias mantas encima. Los dolores continuaron durante todo el día, las punzadas en la espalda y pecho, los sudores fríos que secaba con un pañito. Y las fiebres de más de 40 grados. Al poco tiempo supieron que estaba embarazada.

Cuando llegó la hermana, en medio de la sala blanca como el abismo, mientras el niño seguía chillando como un cochino al que se va a degollar, una calma se apoderó de aquella escena cargada de un hedor a heces e inyección. La hermana sonrió al niño maliciosamente y un guiño que Laura no vio calmó al pequeño. Lo cogió en sus brazos y solo  entonces, el niño, manso y blando como un muñeco de plastilina, se quedó dormido.